La política y la militancia del peronismo no dudan en mantener vivo el recuerdo del expresidente Néstor Kirchner desde su deceso un 27 de octubre de 2010. Con el paso de los años, el derrotero administrativo, económico y social de la Argentina mantuvieron al “Flaco” como un actor vivo de los debates. Está presente en su ausencia física y aseguran que la historia sería otra con él. Un semestre antes que Dios le pegue un llamado a Néstor, tuvo la idea de pasar por la provincia de Buenos Aires y convocar una reunión futura con Alberto Balestrini, que en ese momento era vicegobernador.
El 7 de abril, también de 2010, un Accidente Cerebrovascular (ACV) privó a la política de su templanza y conducción, como destacan quienes compartieron con él en La Matanza, el Congreso, la Legislatura o la militancia. No fue hasta 2017 que su cuerpo dijo basta, durante todos esos años peleó aferrado a una cama sanitaria, y el día 11 del cuarto mes del año, falleció. Su despedida ocurrió mientras el país y el peronismo se debatía en las esquirlas de un fresco paro general de la Confederación General del Trabajo (CGT) y la construcción de una oposición dialoguista con el gobierno de la alianza Cambiemos, a cargo del empresario devenido político, Mauricio Macri. A lo largo de los siete años que se extendió el episodio de salud, el Partido Justicialista pasó de la histórica elección de CFK con el 54 por ciento de votos al amanecer de las fracciones internas del panperonismo con el Frente Renovador como punta de lanza, o la fría disputa entre Daniel Scioli y Florencio Randazzo por la sucesión presidencial, también caminó por los senderos del capítulo de “La Morsa” y su impacto electoral en el suelo bonaerense.
“Sé que si Balestrini seguía viviendo, muchas de las cosas que pasaron en el peronismo, que pasaron en la Argentina, hubiesen cambiado su vector”, compartirá Juan de Jesús, histórico intendente del Partido de La Costa, a semanas de cumplirse 16 años desde el accidente. El hombre que transita su octava década compartió la vida política a la par del matancero. Uno en Diputados y el otro en el Senado, solían tener charlas por las calles de La Plata, mientras caminaban por la plaza San Martín para unir la Gobernación con la Legislatura o cuando se encontraban para trabajar sobre algunas ideas, fuera de los despachos y siempre caminata mediante. Estaba, políticamente, junto a él cuando fue víctima del ACV, un hecho al que, aunque sea un hombre de la salud pública, prefiere no mencionar como tal y lo comenta como “una situación de su cuerpo, una situación determinante que no le permitió a los médicos ni la medicina poder recuperarse”. No hace falta que lo aclare, lo recuerda con vida, en ningún momento de la conversación menciona la palabra “muerte”, tampoco lo hace cuando se refiere a Néstor Kirchner y las anécdotas que le tocó presenciar.
Mientras hablamos, una tarde de verano, Juan acomoda sin mover más que unos milímetros el marcador naranja, la lapicera violeta y otra transparente que tiene sobre el escritorio. El viento del mar entra por el balcón que da a la playa, transita con tranquilidad el primer piso de la municipalidad y llega a flamear sutilmente las banderas distrital, bonaerense y nacional que se adueñan de un vértice de su despacho. “Conviví con Alberto un tiempo importante de su militancia, era un militante de primera siempre pensando en los demás, valorizando a la política, valorizando la representatividad que supo tener”, define sin ocultar la alegría que le da recordar a su compañero. La memoría vuela directamente a los cierres de campaña que el peronismo de los años 2000 supo protagonizar en el estadio de Platense: “Era un orador de primera, con un estilo humano, del sentido social del peronismo y la dignidad de las personas. Eso trascendía de sus discurso, los expresaba como lo sentía, se ponía el pullover al hombro y se lo ataba abajo del cuello. Con mucho respeto se lo escuchaba y transmitía una emoción que no era de la conquista, era la emoción de hacernos sentir parte, de la trascendencia que tenemos en el lugar del Mundo que ocupamos. Cuando volvíamos nos sentíamos recargados en la voluntad militante”.
De Jesús ya no da un fuerte apretón de mano, ni abraza al saludar, como indica el manual del buen peronista. Propone un golpe de puño, como un registro sanitario heredado de la pandemia y en la búsqueda de cuidar su salud en los 84 veranos que lleva en La Costa. El correr de los años puso un foco más que especial en el cuidado personal, también lo traslada a los suyos y a los que pretende no olvidar. “Los que tienen ese don de estar en un lugar determinado tienen que dejar controlarse, cuidarse, porque sus vidas son muy importantes. Nos duele su perdida y nos duele cuán distinto hubiese sido todo si estuviesen acá”, las palabras alcanzan tanto a Alberto como a Néstor. El equipo que lo acompaña a diario en la intendencia lo cuida y él se deja acompañar, le acercan un vaso con Terma y al girar expone por completo el mueble que custodia su espalda con un mate vacío, que nunca fue curado, dos aromatizadores en cada extremo y una quincena de portarretratos con imágenes de sus nietos.
“En su estado de tranquilidad que transitaba la personalidad de Alberto, recuerdo un momento que estábamos juntos”, la sonrisa de toda la charla suma el brillo de los ojos y una mirada a la nada como quién se esfuerza por mantener la compostura y sigue: “él recibe un llamado a los pocos días de la derrota electoral de 2009, que Néstor, en una de esas cuestiones de capacidad de entrega que tenía a la política y la acción de gobierno, dice ´bueno si la gente votó otra cosa y no nos quiere, vámonos´. Ahí mismo dice, ´este hombre está loco´, pidió un helicóptero y voló hasta la Quinta de Olivos a convencerlo que ese no era el camino. Néstor era un político de raza, consustanciado con sus convicciones, cuando uno más convencido está de las cosas a veces las adversidades se las toma como una herida profunda. Seguro si descansaba un rato cambiaba de parecer, para Alberto esa idea no tenía lugar, era muy comprometido con la construcción y se fue a convencerlo. Todavía hoy la sigo sintiendo como una falta muy importante”.
A lo largo de su carrera dirigencial, Balestrini ocupó una banca en el Senado provincial, fue intendente de La Matanza, presidió la Cámara Alta cuando fue vicegobernador y condujo la Cámara de Diputados de la Nación. También integró la Convención Nacional Constituyente que modificó la Constitución en 1994. Claro está, fue el presidente del Partido Justicialista de Buenos Aires hasta que tuvo el ACV, en la sucesión aparecía Hugo Moyano y Cristina Álvarez Rodríguez, dos figuras que no contaban con el apoyo de los intendentes. Además, el primero iniciaba su disputa con Cristina Fernández por el impuesto a las ganancias sobre el salario de las y los trabajadores. Desde el episodio de salud a la fecha, el PJ bonaerense transitó por siete titulares que no lograron ordenar la unidad detrás de su figura y reinaron las internas: los interinatos de Moyano y Álvarez Rodríguez, seguido por Fernando Espinoza, Gustavo Menéndez, Fernando Gray, Máximo Kirchner y Axel Kicillof.
– ¿Cómo andamos Profesor?
– Hola Alberto, bien bien
– Te lo voy a decir una vez sola, a la casa de Perón se va de saco y corbata, para honrar el lugar
– Tenés razón, fue un descuido mío.
El llamado del por entonces diputado nacional lo recibió Enrique “Quique” Slezack, hombre que llegó a la intendencia de Berisso, el Kilómetro 0 del Peronismo, y se convirtió en el primero de los jefes comunales en derrotar a un dirigente que reportaba a Eduardo Duhalde, otrora enemigo de Balestrini. “Y me cortó, me cagó a pedo (risas), después nunca más, empecé a tener saco y corbata en el auto (risas)”, agrega el dirigente que compartía la Tercera Sección y conservó una relación cercana al punto de ser cuestionado por sus pares como “un espía” del matancero. Ese día, había visitado al presidente Néstor Kirchner con una campera de gamuza “muy linda, me gustaba mucho”.
El rostro de “Quique” cambia cada vez que hace referencia a Balestrini. Se enorgullece del dirigente, recuerda con pasión el reconocimiento que encabezó en el Teatro Argentino a participantes activos del 17 de octubre de 1945 y sostiene que su deceso “fue un cimbronazo”. Cuando Slezack llega a la intendencia, la región se destacaba por el duhaldismo y el menemismo. Por eso, Balestrini se abrazó al descendiente de vasco franceses, búlgaros, checos y santiagueños. “Después de ganar la interna me llamó Alberto y empezamos a tener una relación que hablábamos muchas veces. Cuando él era diputado me llamaba para tener otra opinión sobre algunos temas que estaba trabajando. Me llamaba y me decía: ´Negrito, vos qué estás allá lejos, que venís de un territorio de lo más simple y sencillo, qué opinás de esto´, y así hablabamos de política”, comenta Slezack sin soltar el mate, ni alterarse por la lluvia repentina que sacó a la luz las goteras de su casa en el Barrio Obrero.
Balestrini fue un conductor y coordinador necesario en la construcción y consolidación del poder de Néstor Kirchner. Una vez que se instaló en el Congreso de la Nación, comenzó a oficiar de nexo entre el Jefe de Estado y los Gobernadores, en ese rol encontraba la felicidad y la motivación peronista. “Era un gran coordinador, convencía, seducía, era un tipo extraordinario para manejar este tipo de relaciones políticas sobre todo con el noroeste, desde Córdoba para arriba. Él, y el Chueco (Juan Carlos) Mazzón, tenían todo armado. Con su muerte quedamos sin voz en algunos lugares y fueron ocupados para mal”, señala el berissense. “Venía a charlar lo justo, lo que él sentía que tenía que pasar, decía alguna solución a determinados temas y si no lo podía resolver se proponía a hablar con alguién más alto, que tenía acceso, y trasladar los problemas serios que teníamos (los jefes comunales)”, resume el dirigente que supo ser el presidente del bloque de intendentes peronistas de la Federación Argentina de Municipios (FAM) y conserva en su muñeca izquierda el reloj que le regaló hace varios años Jorge Ferraresi.

En tiempos donde la política no se abrazaba al marketing, asesores de imágenes, redes sociales o cursos de oratoria, la estética del matancero marcó un camino. Pelo y barba prolijo, traje y corbata siempre bajo un pasador reluciente, gemelos con sus iniciales grabadas, eran el look con el que atendía a la dirigencia y con el que caminaba por La Plata para comprarse cigarrillos y un pancho hasta llegar a la residencia oficial. “Cuando lo veías entrar te daba ganas de levantarte y darle la silla”, no duda Slezack. Misma sensación despertaba en uno de los dirigentes del Frente Renovador con representación en la Primera Sección y que pidió reserva de nombre, “para no herir susceptibilidades”. En una mañana de reuniones, cafés y rosca, hizo un alto en su agenda al escucharme preguntar: “¿Lo conociste a Balestrini?” Una vez más, la cara cambió, los ojos se abrieron, la boca pronunciada y un “si” prolongado para disparar: “Era un señor”. Antes de la pregunta, no me había mirado aunque caminaba a su par.
“Tenía códigos, era el jefe de los Barones del Conurbano, en una época que había intendentes de peso, hacía pesar la representatividad. La Matanza, viste”, y con la mirada al cielo, para alejarse más aún del 1.85 (o más) de altura empezó el ejercicio de memoria: “Othacehé, Cariglino, Curto, West, Granados, Mussi, Descalzo. Era otra historia, y él conducía”. La aparición y consolidación del massismo en la escena política se dio luego del episodio de salud de Balestrini, aunque en sus filas aseguran que la ausencia de contención y conducción no interfirió en un camino que tarde o temprano ocurriría. Igual, el ejemplo del intendente, diputado y vicegobernador dejó un sello que busca ser homenajeado: “Alberto tenía conducción, lo hacía saber, escuchaba a todos y todos lo respetaban, tenía otros códigos. Ahora son puras tribus, no es lo mismo, no hay conciencia de bloque, todos se sacan una foto con todos y después se matan. Con su pérdida también se perdió la conducción”, sostiene la fuente renovadora antes de sumergirse en otra reunión por las internas que el Partido Justicialista bonaerense tuvo en un puñado de distritos.
Sin el traje
“Era una especie de Peter Parker (Spiderman) o Bruno Díaz (Batman), se ponía el traje de político cuando salía de mi casa y era una persona totalmente diferente a la que entraba a casa, los quilombos quedaban afuera, era su protección”, recuerda Carlos, el menor de los seis hijos que tuvo Alberto. Tres de ellos nacieron en su primer matrimonio, dos de su viuda, María del Carmen Cardo, que adoptó como propios, y con quién tuvo a Carlos. Es la primera vez que el menor de los Balestrini habla públicamente de su padre, un entretiempo de Vélez – Lanús lo inclinó por aceptar la conversación en nombre de los hermanos.
El club de Villa Luro y Liniers, en los límites difusos con La Matanza y Morón, se convirtió en el refugio familiar del dirigente que se las arreglaba para escapar de la custodia oficial, ver los partidos tranquilo y no contaminar el entorno íntimo con el trabajo. “Le encantaba el anonimato, poder caminar por la calle”, comenta Carlos que más de una vez lo ayudó a que se saliera con la suya. “Alguna que otra vez lo llevé a los actos, porque no le gustaba llegar con el circo de la guardia. Me acuerdo en la plaza de Ituzaingó, debe haber sido año 2008 o 2009, y en el medio me dice ´me bajo acá´, y se fue caminando hasta el escenario. Eso era lo que más disfrutaba, estar entre la gente, por eso creo que trataba de armar un perfil que se lo permitiera”, sostiene el más chico que no esconde el orgullo y la nostalgia que despierta recordar a viva voz a su padre.
Fuera del rol de intendente, diputado o vicegobernador, Alberto tenía un temperamento fuerte que desplegaba por los pasillos de la platea norte del José Amalfitani y cuando viajaba de visitante. El abanico de insultos siempre tenía como blanco la terna arbitral que perjudicaba al Fortín. También tenía entre ceja y ceja al marplatense que terminó siendo el jugador con más presencias del club hasta el momento, Fabián Cúbero. Los enojos y las puteadas quedaban dentro del Estadio y todo volvía a la tranquilidad cuando, después del partido, se reunía la familia completa a merendar en la casa de los abuelos.
En la década del noventa, Vélez tuvo su época dorada, campeón de la Copa Libertadores y del Mundo, a la par del crecimiento dirigencial del matancero. A pesar de las máximas consagraciones a la que puede aspirar cualquier fanático del fútbol, no guarda el valor emotivo y sentimental que tiene el Clausura 98 para los Balestrini. “En el campeonato del 98 fuimos a 17 de las 19 fechas. Nos subíamos al auto de él y empezábamos kilómetros y kilómetros, recorrimos provincias. Tiene un gustito especial. Hemos ido a canchas inseguras, nos metíamos en cada lado que hoy decís qué locura arriesgarnos a cualquier cosa, en ese momento no lo pensábamos así”, comenta Carlos que ensaya una sonrisa al recordar la felicidad compartida y coronada con una estrella más.
Un año más tarde del logro de la V azulada, la segunda hija de Alberto, Cecilia, se conoció con Mariano Ríos Órdoñez en la carrera de Derecho. Desde ese momento a la fecha, no se separaron, el noviazgo se transformó en matrimonio y la familia se agrandó. Hoy, a sus 49 años, el yerno ocupa una oficina en el Senado bonaerense como Secretario Legislativo de una de las herederas políticas de Balestrini, la matancera Verónica Magario. En su oficina, a la que llegan expedientes cada veinte minutos, comparten paredes una foto de Alberto, un cuadro de Perón, otro de Evita y uno con la palabra “Believe”(creer). El termo y el mate, como no puede ser de otra manera, tienen el escudo y el nombre del club de la familia, Vélez Sarsfield.
“Alberto hacía un esfuerzo muy grande por no contaminar el entorno familiar con su laburo, era muy cuidadoso”, sostiene el hombre que le tocó interactuar entre la política y las reuniones íntimas con un acuerdo que deje al trabajo en la puerta de la casa. “Era sumamente respetuoso de no invadir el ámbito familiar con la política y hacía un esfuerzo grande por no ser el centro de atención en las reuniones o cumpleaños. El tiempo que tengo no quiero hablar de cosas que hablo todos los días, te decía”, remarca Mariano.
Mientras hace a un lado una maqueta del reparto de las comisiones de la Cámara Alta para hablar de su suegro, asegura, y coincide con Carlos, que luego del ACV “hubo un redescubrimiento para la familia de lo que él era como dirigente”. Los hermanos, su viuda y la familia política guardan entre los siete años que se extendió el episodio de salud, una caricia al alma: “Fuera de la política, los que más lo acompañaron era la gente que había trabajado con él, mozos, secretarias, el guardia de la residencia. Lo visitaban y lo acompañaban todo el día. Son muestras de afecto genuino”, destaca.
Desde el 7 de abril de 2010 al 11 del mismo mes en 2017 fueron años duros. Pusieron a prueba la unidad familiar y la fuerza, para acompañar al hombre que había tomado la posta de su propio padre para mantener a todos juntos bajo el mismo techo. “Nos costó, fue duro, también nos unió. Lo pudimos sobrellevar apoyándonos en él, porque siempre se mostró muy fuerte, sorteaba las piedras en el camino y eso nos daba fuerza para seguir adelante”, no duda en decir Carlos aunque la voz tambalee. Desde el descubrimiento del ACV, la medicina alertó sobre el estado sanitario, comenta y explica: “Nos manifestaron que era sobrenatural que él esté vivo, se fue reponiendo de obstáculos que tenía y eso te daba esperanza que algún día vuelva a estar lúcido y presente. Lamentablemente nunca pudo tener una plenitud, fue más una sobrevida que algo que él pudiera disfrutar”.
“En su enfermedad repercutió todo el estrés y la presión que él tenía. El consuelo es que con tanta dedicación de horas y trabajo le pudo mejorar la vida a mucha gente, es un consuelo que uno tiene como hijo, no fue todo en vano”, sostiene el más chico, que transita entre la nostalgia y el orgullo para no dudar en definir: “Mi papá era todo, era el padre, el tío, el abuelo y el dirigente político”.
