Imaginemos que este fin de semana Woody Allen llega a Trenque Lauquen y se pone a tocar el clarinete en el salón de actos de la Escuela Primaria N°1 mientras se cuentan los votos del presupuesto participativo, o que John Fogerty saque su guitarra del estuche para un acústico solista de Creedence entre dos carreras de caballos en el Club Hípico de Chascomús, o que Robert de Niro entregue los diplomas de fin de curso a los alumnos de un taller de teatro comunal en Coronel Pringles. Y que lleguen y se vayan del pueblo arriba de un Renault Clio, sin previo aviso. Bueno, algo parecido ocurrió el 25 de septiembre de 1979 en San Nicolás de los Arroyos, al norte de la provincia de Buenos Aires.
Aquel martes, el pianista Bill Evans, leyenda monstruosa del jazz, tocó en el Teatro Municipal luego de la elección de la reina de la primavera. Y nunca nadie lo supo.
Por supuesto que las comparaciones con Allen, Fogerty y De Niro son fantasiosas, forzadas y, quizás el adjetivo que mejor describa la analogía, ridículas. Es que lo que ocurrió aquella noche de hace 47 años fue realmente ridículo, surrealista, descolocante, de un nivel de rareza semejante a un huevo cuadrado, a un helado caliente, a un perro verde.
El genio del piano
Primero le pedí al historiador, escritor, y sobre todo jazzero, Sergio Pujol, que definiera la figura de Evans para que todo aquel que no esté adentrado en este mundo pueda dimensionar de qué va la cosa: “Fue uno de los grandes pianistas de la historia del jazz, sin duda el más influyente desde los años 60 hasta la actualidad”. “Sin él no podríamos entender a Keith Jarrett, a Brad Mehldau, a Herbie Hancock. Marca un modelo de interpretación pianística muy fuerte, del mismo modo que en la generación anterior a él situamos a Bud Powell, Thelonious Monk, e incluso antes, a Art Tatum o Earl Hines”, explica.
“Bill Evans cambió la historia del piano en el jazz y a la vez trascendió ese mundo para influenciar a pianistas de todos los estilos, tanto músicos blancos como negros. Hay ciertos personajes a lo largo del tiempo que cambiaron la historia de la música: Jimmy Hendrix cambió la manera de tocar la guitarra, Jaco Pastorius la del bajo y Bill Evans la del piano”, dice por su parte Claudio Parisi, autor del libro Grandes del jazz internacional en Argentina (1956-1979).
Evans fue pieza clave en las sesiones de Kind of Blue (1959) de Miles Davis -el disco de jazz más vendido de todos los tiempos- y a lo largo de su carrera tocó y grabó con gigantes como Cannonball Adderley, Charles Mingus, Stan Getz, Chet Baker y Tony Bennett, además de liderar su legendario trío junto al contrabajista Scott LaFaro y el baterista Paul Motian. Ahí no era un pianista acompañado por esos dos instrumentos, sino que dialogaba con ellos, en una interacción desbordante de imaginación que transformó para siempre esa conversación que está presente en un trío.
De un espíritu romántico y por momentos melancólico y depresivo, Bill Evans desarrolló un estilo introvertido, sutil, delicado, que claramente contrastaba con los modos más extrovertidos y espectaculares de los músicos de jazz. Había estudiado música clásica, estaba enamorado del impresionismo de Maurice Ravel y logró introducir de manera natural algunos recursos de la música académica al lenguaje del jazz. Para Pujol, “tenía una excelente técnica pero no era tampoco un virtuoso que hiciera una exhibición; su estilo no era agresivo, sino hasta un poco misterioso, muy sensual, y sumamente complejo… él hacía sonar de un modo fluido y fácil algo extremadamente complejo”.
Ese fue el tipo que tocó en la esquina nicoleña de Maipú y De la Nación, y todavía nadie sabe bien por qué.
Un churrasco, un Ford Taunus y a la ruta
Misteriosamente, a Evans lo pasaron a buscar una tarde de 1979 por el Hotel Bauen de Capital Federal luego de almorzar un bife de chorizo con papas y morrones en el Palacio de la Papa Frita para viajar por Ruta 9 en un Ford Taunus junto a sus compañeros de trío, el baterista Joe LaBarbera, el contrabajista Marc Johnson y su manager, Helen Keane. Durante mucho tiempo no estuvo del todo claro quién había hecho posible esta aventura a más de 8.400 kilómetros de su Nueva Jersey natal, hasta que en 2018 una nota de La Nación develó parte del misterio: fueron los empresarios Ronnie Scally y Jorge Giovanelli.

La idea fue del sello Warner. En la discográfica decían que en San Nicolás había una petrolera con una gran cantidad de norteamericanos contratados, y entonces esa visita iba a ser una buena difusión para que esos trabajadores volvieran a Texas. “La cuestión es que San Nicolás fue un desastre, se habrán vendido ciento cincuenta tickets para un teatro de setecientas u ochocientas personas. Nos salió más guita el afinador del piano que vino desde Rosario, que lo que recaudamos”, recordó Giovanelli en el libro de Parisi.
“Lo de Bill Evans en San Nicolás es muy curioso porque no es que le armaron una gira por Rosario, Córdoba, Mar del Plata, etc. Para nada. Salió de Buenos Aires, fue en auto para San Nicolás, se presentó en uno de esos típicos teatros a la italiana de pueblo de la provincia de Buenos Aires, y volvió enseguida”, dice Pujol, testigo privilegiado del show que daría el pianista dos días después de su aventura nicoleña, en el Teatro Municipal General San Martín, a cinco cuadras del Obelisco: “Ese fue uno de los dos o tres grandes conciertos de mi vida”.
En 2023 se estrenó Bill 79, una película del director argentino Mariano Galperín que recrea todo este insólito episodio de la historia de la música en nuestro país, en plena dictadura militar. Es un drama que pone el foco en la última etapa de la vida del pianista, la más triste, atravesada por su adicción al alcohol y las drogas, y en donde se lo ve casi perdido, todavía atormentado por los suicidios de su hermano Harry y su ex esposa, Elaine.
Pero a dos evansianos como Parisi y Pujol, el film no los convenció: al primero no le gustó y el segundo directamente no quiso verlo.
Un simpático accidente en la historia
“El fulgurante pianista clásico de quintaesencia Bill Evans, único en su clase, se presentará esta noche en nuestro coliseo mayor, lo cual hace que podamos decir que estaremos ante la presencia del más auténtico pianista de jazz de los últimos 20 años”, publicó el diario El Norte de San Nicolás aquel 25 de septiembre de 1979.
“Más que grato resulta poder mencionar su presentación en San Nicolás y al mismo tiempo reconocer a quienes han hecho el esfuerzo porque este noble músico llegue a la ciudad, lo que inviste un verdadero suceso musical. La trayectoria de Bill Evans está galardonada de innumerables premios, como el de la Crítica Internacional de Jazz, y los conceptos que han merecido sus trabajos se traducen en expresiones que lo señalan un genio nada menos que exquisito y el solista más influyente al piano”, se agregó en aquella breve nota, que cerró con el broche de oro: “Y para darle mayor colorido a esta noche de jazz inolvidable, estarán presentes en el teatro la reina y las princesas de la primavera nicoleña”.

Este y otro artículo de cinco ligeros párrafos conforman el material periodístico local que preserva la hemeroteca del Museo Nacional Casa del Acuerdo en aquella ciudad del norte bonaerense. Cuando intenté conseguir más información de archivo, periodistas e historiadores me desearon suerte. “Teniendo en cuenta el calibre de su figura, su llegada a nuestra ciudad se cubrió bastante poco en los medios, prácticamente nada. No se tomó dimensión del personaje que nos visitaba”, me respondió un colega nicoleño.
Treintinueve años después, en una nota de La Capital se contó un detalle conmovedor de la previa del show. En los camarines del Teatro Municipal Rafael Aguiar había un viejo piano Chickering que era idéntico al que Evans había utilizado cuando era chico para aprender a tocar, en Estados Unidos. Estaba abandonado y debajo de unas telas. Lo hizo desempolvar, se puso a tocar y se largó a llorar como si estuviera abrazando a su juguete favorito de la infancia.
Un rato después, tocaría para un puñado de personas que no era consciente de lo que estaba viendo. El teatro ni siquiera estuvo a la mitad de su capacidad. Para los organizadores fue un fracaso rotundo, lo que convierte a esta historia en un delirio aún más grande. “Esa visita es una rareza y está llena de disparates, fue un simpático accidente en la historia”, resume Parisi.
Doce meses después, Bill Evans murió en Nueva York. Su adicción a la heroína y a la cocaína le provocó una hemorragia interna que acabó con su vida a los 51 años.
Este 16 de agosto estaría cumpliendo 97 primaveras. Una de ellas aún resuena para siempre en el viento del noreste bonaerense.
