“Mi vieja nunca tuvo dolor de estómago, siempre quiso que comiéramos nosotros. Cada vez que llegaba la comida decía: me duele el estómago. ¡Mentira! No alcanzaba”. En una de las referencias a su infancia, Diego Armando Maradona confesaba la realidad de las cenas en su casa de Villa Fiorito y le ponía palabras a una situación que hoy atraviesa a miles de familias.
Ante las crisis socioeconómicas, y a pesar del avance de la lucha feminista por alcanzar un trato igualitario, mismos roles y salarios -entre otras disputas-, la histórica organización familiar posicionó a la madre en el rol del primer sacrificio alimentario. No es una postura desde una eventual deconstrucción: está científicamente comprobado.
Así lo detallan David Pelletier, Christine Olson y Edward Frongillo (h) en su investigación “Inseguridad Alimentaria, Hambre y Desnutrición” publicada por la Organización Panamericana de la Salud (OPS) y la International Life Sciences Institute (ILSI). El trío de especialistas que abordó la problemática, subraya que “primero se produce la inseguridad alimentaria en el hogar con la disminución del aporte de alimentos y la ansiedad consecuente; a continuación, se deteriora la cantidad y la calidad del consumo de alimentos de la mujer, así como la calidad del suministro de alimentos en el hogar y, por último, disminuyen la cantidad y la calidad del consumo de los niños”.
La madre es esa figura todo terreno, que abriga, protege y pasa hambre. No elige pasar hambre, pero la realidad no le permite otra opción que tomar esa alternativa, sin que lo noten los demás. En un contexto de fuerte contracción económica, de pérdida de puestos de trabajo, de empleo informal y aumento de los costos de vida, la jefa y sostén del hogar sufre directamente sus consecuencias y se esquiva con una mentira: malestar, sueño, saciedad. Las excusas salen de la boca para tapar el crujir interno que da el hambre.
“La crisis profundiza el rol de las mujeres en sus hogares y en los barrios”, remarca Mara, vinculada a los Derechos Humanos y con fuerte anclaje territorial en la región capital. Trabaja con pares que ponen el cuerpo día a día, conoce el paño en el que se mueve y reconoce cuando una vecina padece la indignidad de no tener nada que poner sobre las hornallas. “La crisis económica y social las pone en un lugar donde la exigencia es cada vez más grande. Eso en un contexto de precarización laboral, violencia de género, hogares monomarentales, imposibilidad de finalizar los estudios”, comenta al referirse al regreso de la única comida al día. La situación no distingue regiones.
M. es enfermera de un Hospital de la zona Sur del Gran Buenos Aires, tiene dos nenas que transitan la escolaridad pública y consiguió el tercer empleo para cumplir con el alquiler y los gastos diarios sin que eso implique algún lujo como salir con las pequeñas al cine o a merendar. Evita la tarjeta de crédito para la compra en el supermercado, pero alguna vez debió recurrir a ella, de la misma manera que planifica las comidas “para que sean rendidoras y no sea solo una cena o un almuerzo, que sirva para más”. En el principal de los tres laburos, recibe diferentes personas que se acercan a pedir comida.
“Son temas muy sensibles”, sostiene la antropóloga Florencia Cesani, investigadora del CONICET y directora del Laboratorio de Investigaciones en Ontogenia y Adaptación (LINOA) de la Facultad de Ciencias Naturales y Museo de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP). “Dentro de un mismo hogar hay diferentes situaciones. Tratan de mantener la alimentación en los niños a costa de la alimentación de los adultos y eso es generalmente de las madres”, detalla y describe una escena que, como en esa casa de Villa Fiorito hace 50 años, se replica hoy: “Existe esta concepción de que muchas veces es el varón el que tiene que salir a trabajar, aunque la mujer también lo haga. Hay un tema de género que se ve, la mujer sufre más inseguridad alimentaria que el hombre”.

Cesani, que junto al equipo de especialistas hace más de dos décadas aborda la problemática en barrios localizados en las periferias urbanas de la provincia de Buenos Aires, subraya que “la alimentación familiar sigue estando en manos de la mujer porque es la que hace las compras, decide qué cocinar, la que cocina y la que deja de comer para que el resto de la familia coma”. Una impresión blanco y negro de Lionel Messi con la Copa del Mundo es la única invitada a la pizarra con detalles de la investigación y fechas de visitas a los barrios que ocupa una de las paredes de su estudio. “Vemos muchos hogares donde solo están las madres y pocos donde reconocen que el padre también realiza tareas en el hogar. Hay mucha madre sola”, acompaña la bióloga Mariela Garraza, codirectora de la investigación del LINOA.
La crisis económica deviene necesariamente en una crisis para la alimentación. Nadie puede pensar en equilibrar proteínas, hidratos y grasas, cuando no sabe cómo cargar la SUBE, cuánto va a venir de luz y gas, cuándo saldrá la próxima changa, ni a cuánto se actualizará el alquiler. Y así para elegir. Los problemas abundan en las cabezas adultas, pero también en la de los pibes que con 12, 13 o 14, piensan en salir a vender lapiceras y pañuelitos para no tener que pedir plata o para ayudar en su casa. Alguno se mete en el mundo de las apuestas virtuales para pegarla. Ni hablar de los nenes o nenas de seis, siete años que quedan a cargo de su hermanito de tres cuando están solos.
Lucía lleva consigo varias décadas de militancia territorial en una de las zonas del norte del Conurbano donde los barrios privados y las casas salidas de revistas de decoración conviven con los asentamientos más crudos y deficitarios, sin acceso a agua potable, red de gas, cloacas y con pasajes de tierra. “Se volvió a una comida fuerte al día”, comenta y refuerza que muchas de las familias esperan la asistencia que van a pedir a las delegaciones municipales, donde cada vez hay más pies en la fila.
Hace casi medio año y hasta enero 2027, el Gobierno bonaerense suspendió el programa del Módulo Extraordinario para la Seguridad Alimentaria (MESA), que desde la pandemia le daba a las y los pibes de las escuelas públicas una caja de alimentos de la canasta básica, con diferentes legumbres, fideos y arroz, principalmente. “Tienen que elegir entre cocinar, hervir esas legumbres o calentar el agua para bañarse en invierno o calefaccionarse”, lanza Garraza. Todos los papeles se prenden fuego ante el golpe de realidad de muchos de los barrios populares, con la garrafa con los días contados, sin heladera o con un caño pinchado para abastecer de agua a varias familias.
Según datos oficiales, el MESA alcanzaba a más de dos millones de personas en la provincia de Buenos Aires. Diecinueve de las veinticuatro provincias (incluida la Ciudad Autónoma) tienen menos habitantes que el alcance del extinto MESA y las nueve unidades alimentarias que se repartían desde más de 11 mil centros educativos. Un paquete de arroz, una docena de huevos, una botella de aceite, un paquete de leche, levadura, una harina, tomate triturado, lentejas y arvejas, llegaban en una caja de cartón a las manos de las y los pibes.
En una sociedad que incrementó el consumo de proteínas de bajo costo, al punto de posibilitar la localización de tiendas de maples en cada centro urbano, la docena del MESA se reconvirtió en moneda de cambio para la búsqueda de efectivo ágil. “Los huevos se venden rápido”, comenta Y., que tiene una hija en la secundaria y dos más en Pprimaria. Lo recaudado se utilizaba según la urgencia del momento. La escena se daba a los pocos minutos del fin de la jornada escolar y el momento del regreso al barrio, donde siempre eran las madres las que paraban en las esquinas cercanas a los recorridos de los colectivos con la docena a la venta.
El diseño de políticas alimentarias alejadas de la cotidianeidad y las posibilidades de las familias se transforman en otro dolor de cabeza para las personas a las que debería representar una ayuda. El hambre, así como los padecimientos, tienen la entrada asegurada a las habitaciones de varios sobre el piso de tierra seca en los días que las zanjas no desbordan contenidas por la mugre que nunca viaja en los camiones de residuos. La impotencia del Estado benefactor en la diagramación de respuestas que no cumplen su función no está sola. En el otro extremo, los apóstoles de la teología del hambre que, desde la crisis que alimentan a diario con decisiones al servicio de los grandes capitales, engordan el discurso del emprendedurismo y la meritocracia para que cada una sea la responsable de llenar los platos. Como si no importara la ausencia de posibilidades de crecimiento, desarrollo, la inexistencia de servicios básicos y la hostilidad económica que lastima cada día para resumir la vulnerabilidad que se adueña de los estómagos con una mentira.
La historia que se da en los barrios populares del territorio más densamente poblado de la Argentina, es una escena que trasciende fronteras y se repite en once de los países de América Latina que representan el 75 por ciento de la población regional. Por caso, la investigadora Carla Arévalo, del Instituto de Estudios Laborales y del Desarrollo Económico del CONICET y de la Universidad Nacional de Salta (UNSa), abordó “la anatomía de la pobreza alimentaria” en Brasil, México, Costa Rica, Haití, Perú, El Salvador, Uruguay, Argentina, Chile, Guatemala y Honduras. Según la misma doctora explicó, los datos arrojan que las mujeres padecen niveles de inseguridad alimentaria graves: “Se ven diferencias de género en un gradiente grave, donde se materializa más la inseguridad alimentaria en haber reducido la cantidad y la calidad de la alimentación”. Así, desde la mesa de debate Alimentar el Futuro, remató: “Es una realidad que quién sostiene hoy la alimentación en los sectores más vulnerables son las mujeres”.
Para preservar la seguridad alimentaria como derecho se debe cumplir con cuatro factores: la disponibilidad de los alimentos; el acceso físico o económico; la utilización biológica y la estabilidad. “En nuestro país hay suficiencia de alimentos y estabilidad en la producción. Lo que no está garantizada es la equidad en el acceso a los mismos y en muchos casos también se ve vulnerada su utilización biológica. En los barrios populares, la carencia de servicios básicos, como agua potable, gas natural y recolección de residuos, es un problema que no está resuelto y que afecta el estado nutricional”, remarca Cesani. Las personas que quedan fuera del derecho, y padecen inseguridad alimentaria, pueden sentir incertidumbre en conseguir los alimentos y la situación se agrava cuando se ven obligadas a reducir la cantidad y calidad de lo que consumen. Entre los niveles que puede arrojar su estudio, el más leve es el de incertidumbre, que igualmente tiene ligado el estrés, el aumento del cortisol y otras consecuencias en la salud, mientras que aquellas que experimentan inseguridad alimentaria severa se han quedado sin alimento o, peor aún, se han quedado un día (o más) sin comer.
“La inseguridad alimentaria es uno de los grandes problemas de nuestro tiempo”, señaló Alberto Cimadamore, investigador del Instituto Interdisciplinario de Economía Política (IIEP) del CONICET, en la presentación del libro “Seguridad Alimentaria en la era de los ODS. Tan cerca de la fecha límite, tan lejos de los objetivos”, organizado por el IIEP y el Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica (UCA).
Hablar de inseguridad alimentaria no necesariamente implica referirse a la desnutrición. La malnutrición es un problema que cada vez se representa más y más. “A vos no te va tan mal gordito”, lanzó en el invierno del ’87, y en ejercicio de violencia institucional, el expresidente Raúl Alfonsín a un vecino de la Patagonia. En el último año, un estudio realizado en un municipio del sur del Área Metropolitana Buenos Aires (AMBA), que no llega a estar entre los diez más poblados de su bando, da cuenta que los niveles de malnutrición superan a la media nacional. El relevamiento se realizó en escuelas primarias de gestión estatal y arrojó que el 41,76 por ciento de los chicos presentó malnutrición por exceso; el 27,42 por ciento, sobrepeso y el 14,34 por ciento, obesidad. La vulnerabilidad socioeconómica inclina a las familias a dietas de mayor porte energético, comidas de olla donde abundan los hidratos y la proteína no cuenta. Cimadamore, especialista en desarrollo sostenible, subrayó que la coyuntura que atraviesa la región representa “una serie de crisis que forman una tormenta perfecta”.
En los barrios, a 20 cuadras de cualquiera de los palacios ejecutivos que diagraman soluciones atadas a la corrección teórica, el hambre camina por los pasajes, esquiva los animales que giran por ahí y entra a las casas. Las madres son las primeras en saberlo.
