El título de esta nota fue idea de E. un pibe de Tigre que ejerce el trabajo sexual a través de plataformas web y que decidí tomar prestado para exponer sobre lo que viven las putas en la Argentina de 2026, que no es nada lejano a lo que atraviesa cualquier otro colectivo de trabajadores precarizados.
El trabajo sexual, a diferencia de otros tantos que se ejercen en la marginalidad de la calle o en la gran isla digital gobernada por el algoritmo que es Internet, tiene un carga moral y de estigma que hace que se vuelva mucho más border.
“La calle está peor que hace diez años, las pibitas ahora van a laburar por droga”, describen M. y A., mujeres de más de 55 años que siguen parando en las esquinas de la zona roja de la ciudad de La Plata, esa especie de ghetto que se armó y se sostiene a través del tiempo en la parte que va desde Plaza Matheu hasta Plaza Rocha y alrededores.
Las chicas de la esquina son las que se llevan la peor parte de la estigmatización y la persecución policial, vecinal y mediática. “La zona roja va a ser peligrosa en la medida que sigan titulando esas pelotudeces”, se enoja M. mientras lee una nota de El Día que hablaba de una “narco travesti”. A su lado, A. defiende la calle: “No tiene nada que ver la venta de droga con nosotras, con las putas de verdad, que vamos a laburar para ganar guita”.
Ahora la calle está más complicada. El desempleo, la crisis de salud mental y alimentaria empujó a sectores que ya estaban en condiciones de vulnerabilidad a una situación de marginalidad que se ven con solo recorrer las calles. No hay que ir demasiado lejos para verlo. A diez minutos del centro de la ciudad de la capital de la provincia de Buenos Aires, en el barrio Santa María de Los Hornos, un operativo de la Municipalidad junto con la Iglesia y la Fundación Conin detectó a ocho familias con menores de cinco años en situación de desnutrición.
El cuadro de afectación de salud mental y contención en adolescentes vulnerables incluso escapa a lo que puedan ofrecer escuelas y hospitales. El hambre y el narco se cuelan en los barrios y el resultado final se ve en las esquinas. “Los fisuras”, es la nueva etiqueta que encontró un sector de la política para sacarse de encima el problema.
Las esquinas donde paran suelen ser fuente de consulta constante de quienes buscan pegar una bolsa. “Yo te puedo asegurar que lo único que van a conseguir ahí es un tafirol”, sostiene M. La enoja que los medios locales liguen a las putas con la venta de falopa y sostiene que, si existe, es igual que en cualquier otro barrio de la ciudad, pero a todo el sistema estatal -sea PRO o peronista- le cierra por todos lados poner los focos sobre esas esquinas.

“Yo ya me quiero jubilar”, suspira A., que tiene una hija abogada y un hijo futbolista, sus mayores orgullos. Pero no puede porque la marginalidad en la que ejerce su laburo no le permite acceder a una jubilación como la de otras trabajadoras.
A F. le pasa algo parecido. Después de haber ejercido el trabajo sexual durante décadas, consiguió un puesto en un ministerio bonaerense, donde realiza tareas administrativas. Parecía ser el punto cúlmine al que aspira casi todo aquel que no sabe cómo se compone un recibo de sueldo. Sin embargo, hace unos meses se le disparó el alquiler y el costo de vida. Se mudó con una amiga, también trabajadora sexual. El contexto la llevó a volver a ejercer. F. no se queja del laburo, ni de la atención a los clientes, pero sí del pluriempleo.
Es otro clima de época. Las y los trabajadores, aún en la formalidad, no llegan a cubrir los gastos básicos como la vivienda y la comida con un solo empleo. No es el trabajo sexual, es la economía.
Desde hace poco más de una década que el trabajo sexual comenzó a migrar de las calles, los telos y los departamentos a la virtualidad. A través de los foros específicos, los encuentros por webcam y, ahora, con las plataformas de “creación de contenido” y hasta streamings.
Hay un mundo explícito en las redes sociales, especialmente en Tik Tok, donde chicas que se presentan como “influencers” muestran las bondades de los viajes a Tulum o Europa para hacer “presencias”. Es trabajo sexual escondido detrás de un mote lindo. Atrás de eso, está la vida de un montón de pibes y pibas que le ponen el cuerpo muchas horas por día para ganar menos de cien dólares.
“Un día estuve streameando ocho horas seguidas”, dijo L., una joven de 30 años que ejerce el trabajo sexual exclusivamente en la virtualidad y forma parte del Sindicato de Trabajadoras Sexuales (AMMAR). Es que el algoritmo, igual que como le pasa a quienes laburan con las aplicaciones de delivery o de transporte, castiga a quienes se apartan de la producción sistemática y sin interrupciones de los contenidos.
La explosión de plataformas de pago para acceder a fotos, videos o chats con trabajadoras y trabajadores sexuales -la más conocida es Only Fans- generó una línea discursiva que choca de frente con la realidad al segundo. Nadie gana miles de dólares por subir un video sexual.
Las plataformas se quedan con un porcentaje que va del 40 al 60 por ciento del monto que cada consumidor deposita cuando accede a un contenido. El resto es lo que se lleva la creadora que, con el dólar freezado, ve caer más todavía su poder adquisitivo. Es decir, para ganar más, tienen que estar más tiempo dedicados al trabajo. Lo mismo que le puede ocurrir a cualquier ilustrador, diseñador web o periodista.

Cuanto más participación hay en la plataforma, más pide el algoritmo. En algunas, por caso, se generan puntajes para repartir entre quienes más contenidos generan y hasta la aplicación sugiere qué tipo de producto le convendría hacer. Nada que sea diferente para un redactor a quien le miden la productividad por la cantidad de clicks que genere la nota titulada en base al SEO.
La vida virtual también tiene un límite. Por eso hay varios/as trabajadoras sexuales que combinan lo digital con lo presencial. Uno de los grandes problemas en relación a ese último modo de laburo tiene que ver con la legalidad. Es que la profesión más antigua del mundo es, también, la más perseguida. La proliferación de las leyes para combatir la trata de personas golpeó a quienes ejercen el trabajo sexual de manera voluntaria. Por ejemplo, un grupo de tres trabajadoras sexuales no pueden compartir una casa y trabajar ahí como lo harían, por caso, un grupo de peluqueras, manicuras o depiladoras, ya que puede considerarse facilitación de la prostitución y terminar presas por ese delito.
La persecución y el ejercicio de la violencia del Estado a través de la policía es otro de los problemas que golpea a las trabajadoras sexuales, como también a otros colectivos de la llamada economía popular, como pueden ser los manteros o vendedores ambulantes. La organización, entonces, se vuelve necesidad.
