Una retrospectiva de veinticinco años da cuenta de muchos cambios en la sociedad. En el electorado, más allá de variantes y de las tácticas y estrategias en cada oficialismo, los comicios de medio término aún hoy suelen ser vistos como un virtual plebiscito sobre la gestión ejecutiva. Si bien la legitimidad se mide en tiempos cada vez más fugaces -¿Alguien en la sala dijo “luna de miel de cien días?”- no hay encuesta que emparde la realidad efectiva de una mesa escrutada.
De esta manera, con un frenesí informativo preciso, pero menos intenso -las señales de noticias podían contarse con los dedos de una sola mano-, septiembre de 2001 mostraría, como en un film de Hollywood, el derrumbe de las Torres Gemelas y noviembre replicaría, en informes y semblanzas, el partido despedida del 10 en la Bombonera. Diciembre aparentaba pocos indicios positivos y en el medio, octubre, mes electoral y de combate por excelencia. Quedaban pocas dudas: el nuevo siglo, milenio de yapa, despuntaba cargado de bocetos con todo tipo de trazos, más diversos pero menos apacibles.
Crisis política
“Sin ser un entendido en la materia, ante una crisis política como ésta la salida debe ser necesariamente política. Me parece que esto es como cuando un equipo chico tiene que enfrentar a River o a Boca. No puede contar con Maradona o Pelé en sus filas, tiene que arreglarse con lo que tiene”. La opinión no es la de un dirigente de las altas esferas en un arrebato de humildad ni de un analista todo terreno enredado en conceptualizar el voto como “bandera moral” o “castigo”.
Tampoco la de un “ciudadano de a pie” que ya rumeaba, aún sin melodía ni partitura, el “que se vayan todos”. Quien opinaba en la columna de opinión “Clemente, en las urnas”, publicada en LA NACIÓN del 12 de octubre de 2001, era el dibujante Carlos Loiseau, Caloi, por entonces conductor de “Caloi en su tinta” en Canal 7 Argentina y parte de la contratapa de Clarín con su tira Clemente.
En efecto, así como durante el Mundial 1978 había roto la pared de la viñeta para meterse en la conversación pública de plomo, era involuntario partícipe de las Elecciones Legislativas 2001 por las adhesiones sumadas por su personaje junto a próceres como San Martín y otras rarezas.

Las claves del análisis político socioelectoral no pasaban tanto por la polarización como gran ordenador, al ausentismo como motivación ni la norma para expresar descontento anclaba por demás en las “pasiones tristes”. Pero, se evidenciaba que a mediados de octubre de 2001 si algo predominaba eran la bronca y la desesperanza. El 21,6% de los sufragios se dividieron entre votos en blanco y nulos en la elección legislativa. En Capital Federal, Santa Fe, Río Negro y Tierra del Fuego esta opción de prescindencia se convirtió en la primera fuerza electoral.
“Aunque cuestionador de su esquema de representación el voto bronca no parece un voto de rechazo al sistema democrático en la Argentina, sino más bien podría ser un emergente de la consolidación del sistema, cuando han pasado casi dos décadas desde su recuperación” era la lectura de Walter Curia en el Clarín del día posterior. Mientras que en El Día hacían hincapié en la magnitud del fenómeno destacando con los primeros datos provisorios: “El voto bronca fue más fuerte en las ciudades más grandes y, en particular, en la clase media que sufre el golpe de una recesión agobiante”.

Crisis Económica
Es que el Gobierno de la Alianza para el Trabajo, la Justicia y la Educación (Alianza, tal el branding) llegaba como fuerza gobernante a su primer -y único- test electoral de carácter nacional sin vicepresidente y en retroceso de adhesiones. De la confluencia programática entre la Unión Cívica Radical (UCR) y el Frente País Solidario (FREPASO) quedaba poco. A la Alianza se había sumado una tercera fuerza en discordia. Se trató de Acción por la República, que se había acoplado a la gestión a merced de su figura excluyente: Domingo Cavallo.
La estrella del Ministro de Economía que había asumido en marzo para tratar de desenredar la madeja de la convertibilidad que él mismo había creado una década antes se apagaba lentamente. Dentro del mismo oficialismo candidatos como el ex Jefe de Gabinete Rodolfo Terragno (uno de los candidatos que logró surfear brevemente la ola impugnadora por su perfomance en CABA aunque las luces se las llevó Luis Zamora de Autodeterminación y Libertad como batacazo) pedían su cabeza a la vez que la competencia de riesgo país entre Argentina y Nigeria se propalaba en la opinión pública. Entre las distintas fuerzas opositoras había pocas dudas en que el régimen monetario de convertibilidad necesitaba cuanto menos un lifting, con indicadores de desempleo en 18% y un índice de pobreza que se acercaba al 50%. La cuestión era qué hacer: una tercera moneda, el omnipresente dólar a la cabeza o una devaluación del propio peso, eran algunas de las cartas posibles en una partida que nadie quería iniciar.

Así las cosas, en un ejercicio posible de abstracción, el cuadro quirúrgico previo al comicio legislativo del 14 de octubre indicaba que el presidente Fernando De la Rúa recurría, para liderar su propuesta en la provincia más poblada del país, al correligionario y líder de su partido que había sido electo Presidente en 1983, Raúl Alfonsín. ¿El plan?: ganarle en votos al principal candidato de la oposición que era, a su vez, a quien había derrotado dos años antes. Eduardo Duhalde. En ese entremés, Cavallo, quien había salido tercero en aquella elección presidencial buscaba plebiscitar el chasis gastado de su modelo económico convertible, mientras nuevas figuras y nomenclaturas asomaban en la palestra electoral como Alternativa para una República de Iguales (ARI) y el Frente Polo Social.

Crisis electoral
Que había descontento no había dudas. Desde su asunción en diciembre de 1999 el oficialismo no había podido acercarse a las expectativas generadas y la situación socioeconómica seguía siendo su principal déficit. En ese sentido los principales candidatos caracterizaban el problema, pero proponían diferentes soluciones con la deuda externa y el modelo económico atravesado por una lógica puramente fiscalista como principales blancos de las críticas.
Como en toda elección hubo particularidades que la hicieron única. En un año marcado por el debut en televisión abierta del formato reality game show (la propia conductora del flamante “Gran Hermano”, Soledad Silveyra fue parte de la lista del ARI en Ciudad Autónoma de Buenos Aires) y mientras los servidores de internet se peleaban por generar sus usuarios hogareños (el smartphone aún era una quimera cercana), el descontento con la representación política fue una de las más notorias. Se trató además de la primera elección en la que la ciudadanía optó de forma directa a todos sus representantes para el Senado, es decir 72 bancas. Esto se daba un año después de la polémica derivada por la denuncia de cobro de sobornos para aprobar la ley de Reforma Laboral que derivó en la renuncia del vicepresidente Carlos “Chacho” Álvarez.

Si bien en la provincia de Buenos Aires partidos como el Partido Justicialista (PJ) y la Unión Cívica Radical (UCR) seguían pisando fuerte, la impugnación a la política tradicional se expresaban en las rutas con agrupaciones piqueteras y en las urnas en agrupaciones emergentes como el mencionado ARI, en derredor de la ascendente Diputada chaqueña Elisa Carrió (quien había dejado la Alianza y expuso el dictamen de la Comisión Legislativa sobre Lavado de Dinero conformada entre otros legisladores por Cristina Fernández de Kirchner, Daniel Scioli, Carlos Soria y Graciela Ocaña) y el Polo Social en torno a la figura del Obispo de Quilmes, Luis Farinello. Restaba saber cuán cierto era el impacto para romper no solo la disputa entre el exgobernador Eduardo Duhalde y el ex Presidente Raúl Alfonsín sino también para saber de qué modo interpelaban a la ciudadanía.
Precisamente, el candidato radical, apelando a un revival de su imagen de campaña recurrió con un spot a una comunicación directa con el votante que se presagiaba no solo desencantado sino también activo. “Si yo hiciera esto estaría traicionándome. No votar es dejar que otros decidan por nosotros y usted sabe lo que nos costó votar”, decía a cámara luego de ingresar en la urna un sobre con una boleta hecha trizas. No en vano uno de los sentidos que giraban en torno a esa elección era el riesgo de banalizar el acto del sufragio al elegir colocar una feta de salame o una imagen impresa de Osama Bin Laden en el sobre electoral. Ni hablar de los sesenta bromistas que esparcieron un polvo blanco en Capital Federal, Mendoza y Santa Fe para simular ántrax, la sustancia que ponía a Estados Unidos en zozobra por un posible ataque bacteriológico.

Crisis representativa
Yendo a los números, en territorio bonaerense de las 35 bancas a renovarse en disputa, el PJ sobresalió con 18 mientras que 7 fueron para la Alianza (integrada por entonces por fuerzas como la UCR, el MID, el Frente Grande), 4 para el ARI, 4 para el Polo Social, 2 para el Partido Unidad Federalista (PAUFE) con el ex Comisario Luis Patti como cara visible (delicias de la Democracia: Intendente de Escobar entre 1995 y 2003, dos veces candidato a Gobernador en 1999 y 2003, electo Diputado en 2005 pero inhabilitado y condenado por delitos de lesa humanidad en 2011).
Invito al lector a detenerse a revisar la trayectoria de algunos de los congresales electos en aquella elección: Jorge Remes Lenicov, Graciela Camaño, Saúl Ubaldini (PJ) Leopoldo Moreau, Margarita Stolbizer, Melchor Posse (Alianza), Jorge Rivas, Mario Cafiero, Ariel Basteiro (ARI), Alicia Castro, Francisco “El Barba” Gutiérrez (Polo Social) y el ex futbolista Antonio Rattin (PAUFE).

Como dato de color, Acción por la República, doncella partidaria creada por Cavallo -cuyo highlight había sido la elección a Jefe de Gobierno porteña del 2000- obtuvo en suelo bonaerense un escaso 1,76 quedando décimo entre las 18 ofertas del cuarto oscuro. Su cabeza de lista nacional era Guillermo Francos, años después Jefe de Gabinete de un tal Javier Milei quien por entonces estaba por cumplir 31 años y todavía no había ingresado a Corporación América de Eduardo Eurnekian. Francos, por entonces, presidía la renombrada línea aérea ARG (antes LAPA), propiedad del empresario nacido en 1932.

Otros que corrieron poca suerte fueron el FREPEBA (Frente Renovador Popular) con 0,80% donde el ex Embajador en la UNESCO y Secretario de Cultura Jorge Asís era principal aspirante a Senador Nacional y en Provincia revistaban el ex sindicalista y Ministro de Trabajo Alberto Triaca, el ex campeón del mundo Juan Martín “Látigo” Coggi y un ignoto Sebastián Miguel Pareja, como cuarto aspirante en la lista de diputados. Entre los de mayor currículum vitae, el ex diputado y concejal Herminio Iglesias por el Partido Laborista apenas arañó el 0,58% quedando antepenúltimo en el lote.

Crisis oportunidad
La memoria colectiva etiquetó aquellas elecciones como las del “voto bronca” más allá de lo más o menos representativa que haya sido esta intervención en el porcentual. Sí se trató de una señal de alerta y rechazo a una gestión que no había correspondido la expectativa de campaña. Otro dato sobresaliente era que la Alianza debería gobernar hasta 2003 con las dos cámaras legislativas en minoría, algo inédito por entonces.
Sin embargo, la eclosión de diciembre de 2001 haría que el PJ acelere su disputa interna. Así vería reconfigurar sus liderazgos fortaleciéndose un eje situado en el mercado interno y el aparato productivo, más allá de la puja entre devaluadores y dolarizadores en la salida del 1 a 1. En tanto, la UCR quedaría muy desdibujada a escala nacional e intentaría extrañas alquimias en elecciones posteriores luego de tocar un piso histórico en 2003.

Antes de la elección, los gobernadores del justicialismo ya se mostraban juntos en la explanada de la Corte Suprema reclamando por la coparticipación aunque asomaban sempiternos recelos entre sus caudillos. Entre los de la Liga del Norte, el centro y el tándem bonaerense con nombres fuertes como José Manuel De La Sota (Córdoba), Carlos Ruckauf (Buenos Aires), Carlos Reutemann (Santa Fe), Adolfo Rodríguez Saa (San Luis), Ramón Puerta (Misiones), Gildo Insfrán (Formosa) y Néstor Kirchner (Santa Cruz) estaría encordada la sucesión. Cada uno buscaría potenciar su liderazgo con los guarismos de la elección ya resueltos en cada distrito en una disputa constante que se caldearía cuando la Corte Suprema de Justicia y su “mayoría automática” de cinco sobre nueve falle por la liberación del ex presidente Carlos Menem, apartado una semana antes de la titularidad del PJ.
Por último, el “no me voy a tapar los oídos sobre las quejas a mi gestión” dicho por De La Rúa la semana posterior a la elección fue sucedida por cambios cosméticos de Gabinete como el el traspaso de Patricia Bullrich desde Trabajo al efímero Ministerio de Seguridad Social. Luego, la novedad de un corralito que no sería precisamente para infantes harían que el inicio de diciembre perfilara a 2001 como un año tristemente célebre por la sangre derramada de las 39 víctimas de la represión policial y el Estado de Sitio del 19 y 20 de ese mes con doloroso desenlace institucional. A esa altura, la odisea en el espacio argentino era haber llegado al final del año con algo para brindar para recibir un 2002 en estado de asamblea.
